EL CURA DEL LUGAR EN EL QUIJOTE.

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UNA DE LAS VARIAS POSADA QUE LLEVAN EL NOMBRE DE DON QUIJOTE DE LA MANCHA.

EL CURA DEL LUGAR  EN EL QUIJOTE.

 El cura por excelencia de la inmortal novela de Cervantes es el cura del lugar donde originalmente viven don Quijote y Sancho. Aunque Cervantes no especifica el nombre del lugar, algunos autores lo fijan en Villanueva de los Infantes o alguno de los pueblos del partido de Montiel. El lugar es el pueblo, la aldea, una pequeña población rural.

Se puede afirmar al leer la fantástica historia que tanto don Quijote como Sancho son hijos espirituales del cura de su pueblo. Como a un padre, le quieren y respetan, y como la mejor herencia que de él hubiera recibido, aprecia Sancho las enseñanzas del buen párroco. Especialmente don Quijote le tiene también como un buen amigo.

¿ QUIEN ERA ESTE BUEN CURA ?.

Su nombre “señor licenciado Pero Pérez” (I, 5); así lo llama el ama de don Quijote, quejándose  por las “malditas” lecturas de los libros de caballerías. Ya en el primer capítulo Cervantes nos dice que era “hombre docto, graduado en Sigüenza” (I, 1)

Como hombre docto se comporta en el escrutinio sobre los libros de don Quijote (I, 6), donde queda de manifiesto su profunda cultura; muestra un buen conocimiento de los escritores de su tiempo y da a entender que conoce el italiano.

Respecto de la amistad de don Quijote y el cura, al volver el Caballero andante a su pueblo, después  de su primera salida, encontró su casa alborotada, y nos dice Cervantes: “y estaban en ella el cura y el barbero, que eran grandes amigos de don Quijote” (I, 5).

LA SOBRINA  DE DON QUIJOTE CARGADA CON LOS LIBROS QUE IBAN A SER CONDENADOS AL FUEGO.

Es el propio sacerdote el que dice al comprobar que los libros de caballerías han trastornado el juicio del hidalgo (I, 5): “Esto digo yo también, y a fe que no se pase el día de mañana sin que de ellos no se haga acto público, y sean condenados al fuego, porque no den ocasión a quien los leyere de hacer lo que mi buen amigo debe de haber hecho.”

La profunda amistad que tiene el cura con don Quijote le llevará –juntamente con el barbero y el bachiller Sansón Carrasco-, a reducirle para que vuelva a casa y cuide de su hacienda y que queda en su casa quieto y sosegado. No lo conseguirá el bachiller Sansón Carrasco disfrazado del Caballero del los Espejos o del Bosque; finalmente si que será reducido por el mismo bachiller bajo la figura del Caballero de la Blanca Luna en una pelea en la playa de Barcelona (II, 64-65). Al ser vencido debe volver a la aldea, donde cumplirá la promesa de no salir en un año.

La profunda humanidad lleva al buen sacerdote Pero Pérez a ser eficaz componedor entre enemistades. Los capítulos 45 y 46 de la primera parte  refieren numerosas y afortunadas intervenciones pacificadores del cura en la venta, que merecen este elogio de Cervantes:

“de todo lo cual fue común opinión que se debían dar las gracias a la buen intención  y mucha elocuencia del señor cura” (I, 46)

Los parroquianos le consideran como si fuera de la familia, y así le hacen partícipe de sus alegrías, proyectos y penas. Por ejemplo Teresa, la mujer de Sancho, tiene necesidad de comunicarle la noticia del nombramiento de su esposo como gobernador de la ínsula de Barataria (II, 50)  Sancho o la personificación de la sabiduría popular manchega.

ESCENA DE LOS BATANES DEL QUIJOTE.

Al cura del lugar atribuye en buena parte Cervantes la sabiduría popular del buen escudero de don Quijote. Son frecuentes las veces que Sancho recuerda lo que ha oído en la predicación del cura de su pueblo. Veamos algunas escenas.

En la aventura de los batanes (I, 20), se enfrentan don Quijote y Sancho. El hidalgo quiere afrontar la nueva aventura, mientras que un pánico espantoso se apodera del escudero, hasta tal punto que ata los pies de Rocinante para que su amo no pueda acometerla. Para convencerle recurre a lo que había escuchado al cura de su pueblo:

“Señor, yo no sé por qué quiere vuestra merced acometer esta tan temerosa aventura. Ahora es de noche, aquí no nos ve nadie: bien podemos torcer el camino y desviarnos del peligro, aunque no bebamos en tres días; y pues no hay quien nos vea, menos habrá quien nos note de cobardes, cuanto más que yo he oído predicar al cura de nuestro lugar, que vuestra merced bien conoce, que quien busca el peligro perece en él”.

Otro momento en el que el buen Sancho recuerda la predicación del cura del pueblo es  en las bodas de Camacho (II, 20), en este diálogo entre don Quijote y Sancho:

“A buena fe, señor -respondió Sancho-, que no hay que fiar en la descarnada, digo, en la muerte, la cual también come cordero como carnero; y a nuestro cura he oído decir que con igual pie pisaba las altas torres de los reyes como las humildes chozas de los pobres”.

Más adelante, ya Sancho gobernador, vuelve a recordar la predicación del cura de su pueblo (II, 45), con ocasión del pleito del báculo y de los diez ducados:

“y más que él había oído contar otro caso como aquel al cura de su lugar, y que él tenía tan gran memoria, que a no olvidársele todo aquello de que quería acordarse, no hubiera tal memoria en toda la ínsula”.

LAS PROMESAS SON PARA CUMPLIRLAS.

Finalmente con motivo de las supersticiones que asaltan a don Quijote al entrar a la aldea, después de haber sido derrotado por el Caballero de la Blanca Luna (II, 73)

“He aquí, señor, rotos y desbaratados estos agüeros, que no tienen que ver más con nuestros sucesos, según que yo imagino, aunque tonto, que con las nubes de antaño .Y, si no me acuerdo mal, he oído decir al cura de nuestro pueblo que no es de personas cristianas ni discretas mirar en estas niñerías, y aun vuestra merced mismo me lo dijo los días pasados, dándome a entender que eran tontos todos aquellos cristianos que miraban en agüeros”.

Al manifestar don Quijote su temor de que alguien propale el secreto de lo que estaba dispuesto a sugerir a Su Majestad para prevenir los estados contra el Turco, tanto el barbero como el cura le animan a que lo diga; don Quijote les pide el juramento de que no lo contarán. El barbero jura que no lo dirá y sale el cura fiador de su juramento (II, 1). Entonces le pregunta don Quijote al cura:

“Y a vuestra merced, ¿quién le fía, señor cura? —dijo don Quijote”.

“Mi profesión —respondió el cura—, que es de guardar secreto”.

Como se puede ver hay una referencia al sigilo sacramental, al que está obligado todo sacerdote, respecto de lo que oye en el sacramento de la penitencia

Don Quijote y Sancho regresan a la aldea para cumplir la promesa -al ser derrotado por el Caballero de la Blanca Luna-, de quedarse un año en la aldea sin salir. El hidalgo quiere dedicarse en ese tiempo a las tareas pastoriles; manifiesta al bachiller Sansón Carrasco y al cura, que desea que sean sus compañeros en las tareas pastoriles. El bachiller y el cura, pensando que se trata de una nueva locura, le siguen el juego. El ama y la sobrina escuchan esta conversación, y le dice el ama el hidalgo manchego (II, 73):

“Y ¿podrá vuestra merced pasar en el campo las siestas de verano, los serenos de invierno, el aullido de los lobos? No, por cierto, que éste es ejercicio y oficio de hombres robustos, curtidos y criados para tal ministerio desde las fajas y mantillas (…) Mire, señor, tome mi consejo (…): estése en casa, atienda a su hacienda, confiese a menudo, favorezca a los pobres

Tejas abajo, tejas arriba.

 DON QUIJOTE PIDE A LA SOBRINA QUE LLAME AL SACERDOTE PARA CONFESARLE EN EL LECHO DE MUERTE.

Al final de la inmortal novela, en el último capítulo se acrecienta la importancia del sacerdote. Vuelto a su juicio el ingenioso hidalgo, antes de morir, pide confesión y el buen cura le administra los últimos sacramentos.

Le dice don Quijote a su sobrina: “Llámame, amiga, a mis buenos amigos, al cura, al bachiller Sansón Carrasco y a maese Nicolás el barbero, que quiero confesarme y hacer mi testamento.”(II, 74)

Cuando esto le oyeron decir los tres, creyeron sin duda que alguna nueva locura le había tomado, y Sansón le dijo:

“¿Ahora, señor don Quijote, que tenemos nueva que está desencantada la señora Dulcinea, sale vuestra merced con eso? ¿Y ahora que estamos tan a pique de ser pastores, para pasar cantando la vida, como unos príncipes, quiere vuestra merced hacerse ermitaño? Calle, por su vida, vuelva en sí y déjese de cuentos”.

Los de hasta aquí —replicó don Quijote—, que han sido verdaderos en mi daño, los ha de volver mi muerte, con ayuda del cielo, en mi provecho. Yo, señores, siento que me voy muriendo a toda prisa: déjense burlas aparte y tráiganme un confesor que me confiese y un escribano que haga mi testamento, que en tales trances como este no se ha de burlar el hombre con el alma; y, así, suplico que en tanto que el señor cura me confiesa vayan por el escribano”.

Para terminar recojo lo que dice el cura del lugar después de atenderle en confesión:

“Verdaderamente se muere y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el Bueno; bien podemos entrar para que haga su testamento”. (II, 74)

Termina recibiendo los últimos sacramentos del sacerdote:

“En fin, llegó el último fin de don Quijote, después de recibidos todos los sacramentos y después de haber abominado con muchas y eficaces razones de los libros de caballerías. Hallóse el escribano presente y dijo que nunca había leído en ningún libro de caballerías que algún caballero andante hubiese muerto en su lecho tan sosegadamente y tan cristiano como don Quijote; el cual, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu, quiero decir que se murió”. (II, 74)

El cura del pueblo le administra los últimos sacramentos: el viático y la unción de los enfermos.

La muerte tendrá siempre vigencia, es moderna. Es de los pocos acontecimientos que no pasan de moda. Todos lo días nos encontramos con ella. Nos enseñan a morir los hombres honrados, amantes de la verdad, virtuosos. Don Quijote nos enseña a vivir y a morir.

LOS SACERDOTES SEMBRADORES DE PAZ Y ALEGRÍA. 

Podemos decir, pues que en el cura del pueblo de don Quijote y Sancho, se conjugan la piedad y el ingenio, la amistad y el conocimiento culto, la discreción y la inteligencia, la conversación y la acción directa. Los feligreses del pueblo aprecian y estima a Pero Pérez, porque es sacerdote que se entrega a sus parroquianos, que siempre está dispuesto a escuchar a todos y a cada uno, que reza, que predica, que administra los sacramentos, que une al marido con la mujer, a los padres con los hijos, que visita a los enfermos, que consuela, que lleva la alegría a los hogares del pueblo. En definitiva, que es sembrador de paz y de alegría.

Después de fijarme en el cura del pueblo de don Quijote, doy gracias a Dios por tantos curas de lugar, curas de pueblo, curas de aldea, que todos conocemos, que los tenemos en nuestros pueblos y que tanto bien hacen. Han pasado cuatro siglos, desde que Cervantes escribió “Don Quijote de la Mancha”, sin embargo la figura del sacerdote del pueblo, tiene su continuidad en tantos curas de pueblo: piadosos, serviciales, generosos, buenos, que solo se preocupan del bien espiritual y material de sus parroquianos. ¡Que nunca falten curas de pueblo!

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AUTOR DE ESTE TEMA :  FRANCISCO JAVIER SANZOL.

 IMÁGENES elcuradellugar.

 

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