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CAPÍTULO XXXVIII.QUE TRATA DEL CURIOSO DISCURSO QUE HIZO DON QUIXOTE DE LAS ARMAS Y DE LAS LETRAS.

1.-NÚMERO 62.

2.- LOCALIZACIÓN. Cap. 38. P.II Pags173 a 178.T.II

3.-TEXTO.

4.-COMENTARIO.

 3.-TEXTO.

             «Prosiguiendo Don Quixote, dixo: pues comenzámos en el estudiante por la pobreza y sus partes, veamos si es más rico el soldado, y veremos que no hay ninguno mas pobre en la misma pobreza,porque está atenido á la miseria de su paga, que viene ó tarde ó nunca , ó á lo que garbeare por sus manos, con notable peligro de su vida y de su conciencia: y á veces suele ser su desnudez tanta, que un coleto acuchillado le sirve de gala y de camisa , y en la mitad del invierno se suele reparar de las inclemencias del cielo, estando en la campaña rasa , con solo el aliento de su boca, que, como sale de lugar vacio, tengo por averiguado que debe de salir frio, contra toda naturaleza…

    SOLDADOS DE INFANTERÍA DE LOS TERCIOS ESPAÑOLES.

                  Lléguese pues á todo esto el día y la hora de recebir el grado de su exercicio, lléguese un dia de batalla, que allí le pondrán la borla en la cabeza, hecha de hilas , para curarle algún balazo que quizá le habrá pasado las sienes ó le dejará estropeado de brazo ó pierna: y quando esto no suceda, sino que el Cielo piadoso le guarde y conserve sano y vivo, podrá ser que se quede en la mesma pobreza que ántes estaba y que sea menester que suceda uno y otro rencuentro , una y otra batalla, y que de todas salga vencedor, para medrar en algo; pero estos milagros vense raras veces. Pero, decidme, señores, si habéis mirado en ello ¿quan ménos son los premiados por la guerra que los que han perecido en ella?…

            Todo esto es al reves en los letrados, porque de faldas,que no quiero decir de mangas , todos tienen en qué entretenerse: Así que, aunque es mayor el trabajo del soldado, es mucho menor el premio.

            Pero á esto se puede responder que es mas fácil premiar á dos mil letrados que á treinta mil soldados, porque á aquellos se premian con darles oficios que por fuerza se han de dar á los de su profesión, y á estos no se pueden premiar sino con la mesmahacienda del señor á quien sirven, y esta imposibilidad fortifica mas la razón que tengo.

 LOS LETRADOS Y LA MATERIA DE LA GUERRA.

      Pero dexemos esto aparte, que es laberinto de muy dificultosa salida, sino volvamos á la preeminencia de las armas contra las letras , materia que hasta ahora está por averiguar: según son las razones que cada una de su parte alega: y entre las que he dicho, dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta á ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados.

            Á esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden las Repúblicas, se conservan los Reynos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los mares de cosarios:…y es razón averiguada que aquello que mas cuesta se estima y debe de estimar en más.    Alcanzar alguno á ser eminente en letras le cuesta tiempo, vigilias, hambre, desnudez, váguidos de cabeza indigestiones de estómago y otras cosas á éstas adherentes , que en parte ya las tengo referidas; mas llegar uno por sus términos á ser buen soldado le cuesta todo lo que á el estudiante, en tanto mayor grado, que no tiene comparación, porque a cada paso está á pique de perder la vida… que apénas uno ha caído donde no se podrá levantar hasta la fin del mundo, quando otro ocupa su mesmo lugar; y si este tambien cae en el mar, que como á enemigo le aguarda, otro y otro le sucede, sin dar tiempo al tiempo de sus muertes : valentía y atrevimiento el mayor que se puede hallar en todos los trances de la guerra.

            Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería, á cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la qual dió causa que un infame y cobarde brazo quite la vida á un valeroso caballero, y que sin saber como ó por donde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala, disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar de la maldita máquina, y corta y acaba en un instante los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos

.           Y así, considerando esto, estoy por decir que en el alma me pesa de haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es esta en que ahora vivimos, porque aunque á mí ningún peligro me pone miedo, todavía me pone recelo pensar si la pólvora y el estaño me han de quitar la ocasión de hacerme famoso y conocido por el valor de mi brazo y filos de mi espada, por todo lo descubierto de la tierra.

            Pero haga el Cielo lo que fuere servido, que tanto seré mas estimado, si salgo con lo que pretendo, quanto á mayores peligros me he puesto que se pusieron los caballeros andantes de los pasados siglos.

            Todo este largo preámbulo dixo Don Quixote en tanto que los demás cenaban , olvidándose de llevar bocado a la boca, puesto que algunas veces le había dicho Sancho Panza que cenase , que despues habría lugar para decir todo lo que quisiese.

En los que escuchado le habían sobrevino nueva lástima de ver que hombre que al parecer tenía buen entendimiento y buen discurso en todas las cosas que trataba, le hubiese perdido tan rematadamente en tratándole de su negra y pizmienta caballería .

             El Cura le dixo que tenía mucha razón en todo quanto había dicho en favor de las armas, y que él, aunque letrado y graduado , estaba de su mesmo parecer.

            Acabaron de cenar , levantaron los manteles, y en tanto que la ventera, su hija y Maritornes aderezaban el camaranchón de Don Quijote de la Mancha, donde habían determinado que aquella noche las mujeres solas en él se recogiesen.

            Don Fernando al Cautivo les contase el discurso de su vida, porque no podria ser, sino que fuese peregrino y gustoso, segun las muestras que había comenzado a dar, viniendo en compañía de Zorayda.

            A lo qual respondió el Cautivo que de muy buena gana haría lo que se le mandaba, y que solo temía que el cuento no había de ser tal que les diese el gusto que él deseaba, pero que, con todo eso, por no faltar en obedecelle, le contaría…

            Con esto que dixo hizo que todos se acomodasen y le prestasen un grande silencio, y él viendo que ya callaban y esperaban lo que decir quisiese, con voz agradable y reposada comenzó á decir desta manera.

CASCOS AZULES DE LA ONU.

 4.-COMENTARIO.

             Cervantes plantea en el presente capítulo un problema de carácter moral de gravedad: el de la necesidad e inevitabilidad de la guerra; la guerra es necesaria, la guerra es inevitable en orden a conseguir precisamente un bien que es el contrario a la guerra misma: la paz.

            Cervantes, por boca de Don Quijote, está afirmando que el camino para lograr la paz es tener la fuerza necesaria para implantarla, se ve que va aún mas lejos del principio clásico: « si vis pacem, para bellum.» «Si quieres la paz prepara la guerra».

            El resto de las consideraciones que acerca de la superioridad de las armas sobre las letras aparecen en la mayor parte del capítulo, referidas a su dureza, pobreza, peligrosidad, falta de reconocimiento,etc., son obvias y colaterales al problema que se plantea; el mismo autor así lo ha reconocido al decir: «Pero dexemos esto aparte, que es laberinto de muy dificultosa salida, sino volvamos á la preeminencia de las armas contra las letras , materia que hasta ahora está por averiguar».

       PROYECTILES CON CABEZAS NUCLEARES.

     Ya dijimos en el capítulo anterior que cuando Cervantes plantea el tema de la preeminencia de las armas sobre las letras, se está refiriendo únicamente al derecho, es decir a la ciencia y práctica que se ocupa de regular las relaciones humanas en todos los ámbitos, en el individual, nacional, internacional y mundial.

          La tesis que plantea y defiende, ya lo hemos indicado, es que la ley no sirve para nada si no hay una fuerza capaz de hacerla cumplir, lo ha dicho de modo bien directo: «dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta á ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados».

            Cervantes está poniendo, en labios de los letrados, una razón que aplica únicamente a las armas, pero igualmente la podría aplicar al resto de la vida de los humanos. Los letrados podrían decir: con la ley «se defienden las Repúblicas, se conservan los Reynos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos…» la respuesta a esta hipotética razón de los letrados es tajante: »Á esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas».

 EJERCITO DE TIERRA.

           Tener fuerza para hacer cumplir las leyes es completamente necesario y esta fuerza sólo procede de estar bien armado.Usar de esa fuerza será igualmente preciso, dentro de las debidas condiciones si se quiere que la guerra esté justificada y sea por lo mismo justa.

            En tiempos de Cervantes, una época en la que la cristiandad está constantemente amenazada por el poder otomano y en la que las aspiraciones imperiales era constante motivo de enfrentamientos entre los mismos paises cristianos, el tema de la «guerra justa» estaba en todo su vigor.

            Dentro del pensamiento cristiano la doctrina de la « guerra justa» tuvo un largo proceso.

            Los primitivos cristianos fundados en el rechazo de la violencia por Jesús: «si alguien te hiere en la mejilla izquierda ponle la derecha» «venced el mal con el bien» «quien quiera quitarte la túnica ofrécele tambien el manto» «bienaventurados los pacíficos» (cf. Mateo. 5,43-48; 5,39) 5,9) no sólo se negaron a participar en una hipotética guerra, sino que incluso evitaron enrolarse en los ejércitos.

            Orígenes, por ejemplo, afirma: «No salimos con el Emperador a la guerra, aun cuando se nos urja a ello» (Contra Celso, lib. VIII, núm. 73. BAC, Madrid, 1967, pág. 584).

            Y existen testimonios de soldados que abandonaron la milicia cuando se convirtieron al cristianismo; en no pocos lugares se exigía a los catecúmenos a renunciar al estado militar si esa era su profesión.(cf. Tertuliano De corona militís, cap. IX PL. 2, 113; Taciano, Discurso contra los griegos; Padres apologistas griegos, BAC, Madrid, 1954, pág. 587).

            Esta actitud no solía crear a los cristianos grandes problemas porque el ejército se reclutaba entre voluntarios, a no ser que se fuera hijo de soldados a quienes la ley obligaba a hacer el servicio en la milicia.

            Así le ocurrió a san Maximiliano, hijo de un veterano del ejército que cuando fue reclutado se negó a vestir el uniforme, afirmando: «Yo no puedo ser soldado; yo no puedo hacer el mal, porque soy cristiano» y fue condenado a muerte en Tebessa el año 295. (cf. Actas de los mártires, BAC; Madrid. 3ª ed., 1974, pág. 947).

   LA INVASIÓN DE LOS BÁRBAROS Y EL TEMA DE LA GUERRA.

         No tardaría, sin embargo, en abandonarse este pacifismo radical y esto vino motivado especialmente por las convulsiones provocadas en el imperio romano por la invasión de los bábaros.

            La entrada de Alarico en Roma el año 410 produjo una auténtica conmoción a la vez que el rencor y repulsa de los cristianos. Un autor de la época escribía:

            «Dónde están esos dioses protectores que nos salvaron de Anibal y de los galos? Se ha extinguido el fuego de sus sacrificios, han sido proscritos, expulsados.

¿Y por qué? Para instalar en su lugar a un Dios tímido, discreto, que a fuerza de predicar la paz y el perdón ha hablandado las almas y desarmado a la patria. Cuando todo el mundo sufre y llora, ¿dónde está ese Dios?, ¿qué hace? Se esconde en las iglesias, esperando, aterrorizado, a que los bárbaros vengan a destrozar sus altares. Dejémoslo ahí y volvamos a levantar nuestros templos. Llamemos de nuevo a nuestros dioses, que darán la victoria a nuestros estandartes» (cf. Joseph Joblin, La Iglesia y la guerra. Herder. Barcelona, 1990, pág. 87).

            En este contexto social los cristianos se vieron obligados a plantearse su actitud ante la violencia. San Ambrosio parece haber sido uno de los primeros en plantearse lo que podría denominarse conflicto de deberes. Su conclusión fue: «La fuerza que defiende a la patria contra los bárbaros es del todo conforme a la justicia, igual que la que protege de los ladrones a débiles o compañeros» «Hay dos maneras de pecar contra la justicia: una cometer un acto injusto; otra, no defender a una víctima contra un injusto agresor» (De officis ministrorum, lib. I, cap. 27 PL. 16,66 B).

¿ GUERRA JUSTA ?

            Dentro de este clima mental, la Cristiandad llegó a considerar la violencia y las guerras como un mal inevitable, inciciándose el camino hacia su reglamentación , comenzando a elaborarse a partir del siglo IV la teoría de la guerra justa que encontraría su formulación clásica en la Suma Teológica de santo Tomás de Aquino; resumiendo su doctrina cuatro son las condiciones para declarar la legitimidad de una guerra:

            1.- Existencia de una injusticia evidente y extremadamente grave que da lugar a una situación de legítima defensa.

            2.-Fracaso de todas las soluciones pacíficas concretamente posibles.

            3.-Que las calamidades y males producidas por la guerra no sean tan grandes o mayores que la injusticia que se quiere evitar.

            4.-Declaración de la guerra por parte del Soberano, pues no incumbe a la persona particular declarar la guerra, porque puede hacer valer su derecho ante un tribunal superior.

            La doctrina de la guerra justa produjo, de hecho, gran cantidad de guerras injustas, el efecto histórico más llamativo derivado, entre otros motivos, de esta filosofia sobre la guerra, fue la sacralización de la misma, pasándose a hacer y a ejercer la violencia en el nombre de Dios.

            Ya el tercer Concilio de Letrán en el año 1179 hizo un auténtico llamamiento a la guerra santa contra los cátaros, que se repetiría en los distintos tipos de cruzadas en el que el motivo religioso era el detonante de la guerra.

             Lutero presumiría quinientos años más tarde y ya en la época de Cervantes de haber superado a todos los que le habían precedido en este tema, así escribió: «Casi me siento tentado a vanagloriarme de que, desde el tiempo de los apóstoles, la espada y la autoridad temporales por nadie hayan sido mejor y descritas y tan egregiamente enaltecidas como por mí; cosa que también mis enemigos han de confesar… la mano que lleva semejante espada y mata no es ya la mano humana, sino la divina; y no es el hombre, sino Dios, el que ahorca, enrueda, decapita, mata y guerrea. Todo es su obra y su juicio» (cf.¿Es posible ser soldado y cristiano? Obras de Martin Lutero. T.2 Paidós. Buenos Aires, 1974. pp. 171-172).

LOS HORRORES DE LA GUERRA.

            En nuestro tiempo podríamos afirmar que en la Iglesia y en parte de la sociedad, se ha iniciado una recuperación del pacifismo cristiano, la causa principal de tal retorno, viene dado por lo sofisticado de las armas modernas, y su poder destructor, prácticamente sería imposible encontrar una guerra que produjera unos efectos menores que los males que con ella se quieren evitar.

             Parece como si Don Quijote hubiese entrevisto esta situación a la que ha sido avocada la humanidad en nuestro tiempo, cuando ha dicho: «Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artilleríaY así, considerando esto, estoy por decir que en el alma me pesa de haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es esta en que ahora vivimos».

          El capítulo siguiente ocupará la narración de la vida del cautivo.

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elcuradellugar.

 

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