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CASCOS AZULES DE LA ONU.

SOBRE LA NECESIDAD E INEVITABILIDAD DE LA GUERRA EN EL QUIJOTE.

             Cervantes plantea en capítulo 38 del Quijote un  problema de carácter moral de gravedad: el de la necesidad e inevitabilidad de la guerra; la guerra es necesaria, la guerra es inevitable en orden a conseguir precisamente un bien que es el contrario a la guerra misma: la paz.

            Cervantes, por boca de Don Quijote, está afirmando que el camino para lograr la paz es tener la fuerza necesaria para implantarla, se ve que va aún mas lejos del principio clásico: « si vis pacem, para bellum.» «Si quieres la paz prepara la guerra».

            El resto de las consideraciones que acerca de la superioridad de las armas sobre las letras aparecen en la mayor parte del capítulo, referidas a su dureza, pobreza, peligrosidad, falta de reconocimiento,etc., son obvias y colaterales al problema que se plantea; el mismo autor así lo ha reconocido al decir: «Pero dexemos esto aparte, que es laberinto de muy dificultosa salida, sino volvamos á la preeminencia de las armas contra las letras , materia que hasta ahora está por averiguar».

       PROYECTILES CON CABEZAS NUCLEARES.

     Ya dijimos en el capítulo anterior que cuando Cervantes plantea el tema de la preeminencia de las armas sobre las letras, se está refiriendo únicamente al derecho, es decir a la ciencia y práctica que se ocupa de regular las relaciones humanas en todos los ámbitos, en el individual, nacional, internacional y mundial.

          La tesis que plantea y defiende, ya lo hemos indicado, es que la ley no sirve para nada si no hay una fuerza capaz de hacerla cumplir, lo ha dicho de modo bien directo: «dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta á ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados».

            Cervantes está poniendo, en labios de los letrados, una razón que aplica únicamente a las armas, pero igualmente la podría aplicar al resto de la vida de los humanos. Los letrados podrían decir: con la ley«se defienden las Repúblicas, se conservan los Reynos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos…» la respuesta a esta hipotética razón de los letrados es tajante: »Á esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas».

 EJERCITO DE TIERRA.

           Tener fuerza para hacer cumplir las leyes es completamente necesario y esta fuerza sólo procede de estar bien armado.Usar de esa fuerza será igualmente preciso, dentro de las debidas condiciones si se quiere que la guerra esté justificada y sea por lo mismo justa.

            En tiempos de Cervantes, una época en la que la cristiandad está constantemente amenazada por el poder otomano y en la que las aspiraciones imperiales era constante motivo de enfrentamientos entre los mismos paises cristianos, el tema de la «guerra justa» estaba en todo su vigor.

            Dentro del pensamiento cristiano la doctrina de la « guerra justa» tuvo un largo proceso.

            Los primitivos cristianos fundados en el rechazo de la violencia por Jesús: «si alguien te hiere en la mejilla izquierda ponle la derecha» «venced el mal con el bien» «quien quiera quitarte la túnica ofrécele tambien el manto» «bienaventurados los pacíficos» (cf. Mateo. 5,43-48; 5,39) 5,9) no sólo se negaron a participar en una hipotética guerra, sino que incluso evitaron enrolarse en los ejércitos.

            Orígenes, por ejemplo, afirma: «No salimos con el Emperador a la guerra, aun cuando se nos urja a ello» (Contra Celso, lib. VIII, núm. 73. BAC, Madrid, 1967, pág. 584).

            Y existen testimonios de soldados que abandonaron la milicia cuando se convirtieron al cristianismo; en no pocos lugares se exigía a los catecúmenos a renunciar al estado militar si esa era su profesión.(cf. Tertuliano De corona militís, cap. IX PL. 2, 113; Taciano, Discurso contra los griegos; Padres apologistas griegos, BAC, Madrid, 1954, pág. 587).

            Esta actitud no solía crear a los cristianos grandes problemas porque el ejército se reclutaba entre voluntarios, a no ser que se fuera hijo de soldados a quienes la ley obligaba a hacer el servicio en la milicia.

            Así le ocurrió a san Maximiliano, hijo de un veterano del ejército que cuando fue reclutado se negó a vestir el uniforme, afirmando: «Yo no puedo ser soldado; yo no puedo hacer el mal, porque soy cristiano» y fue condenado a muerte en Tebessa el año 295. (cf. Actas de los mártires, BAC; Madrid. 3ª ed., 1974, pág. 947).

   LA INVASIÓN DE LOS BÁRBAROS Y EL TEMA DE LA GUERRA.

         No tardaría, sin embargo, en abandonarse este pacifismo radical y esto vino motivado especialmente por las convulsiones provocadas en el imperio romano por la invasión de los bábaros.

            La entrada de Alarico en Roma el año 410 produjo una auténtica conmoción a la vez que el rencor y repulsa de los cristianos. Un autor de la época escribía:

            «Dónde están esos dioses protectores que nos salvaron de Anibal y de los galos? Se ha extinguido el fuego de sus sacrificios, han sido proscritos, expulsados.

¿Y por qué? Para instalar en su lugar a un Dios tímido, discreto, que a fuerza de predicar la paz y el perdón ha hablandado las almas y desarmado a la patria. Cuando todo el mundo sufre y llora, ¿dónde está ese Dios?, ¿qué hace? Se esconde en las iglesias, esperando, aterrorizado, a que los bárbaros vengan a destrozar sus altares. Dejémoslo ahí y volvamos a levantar nuestros templos. Llamemos de nuevo a nuestros dioses, que darán la victoria a nuestros estandartes» (cf. Joseph Joblin, La Iglesia y la guerra. Herder. Barcelona, 1990, pág. 87).

            En este contexto social los cristianos se vieron obligados a plantearse su actitud ante la violencia. San Ambrosio parece haber sido uno de los primeros en plantearse lo que podría denominarse conflictode deberes. Su conclusión fue: «La fuerza que defiende a la patria contra los bárbaros es del todo conforme a la justicia, igual que la que protege de los ladrones a débiles o compañeros» «Hay dos maneras de pecar contra la justicia: una cometer un acto injusto; otra, no defender a una víctima contra un injusto agresor» (De officis ministrorum, lib. I, cap. 27 PL. 16,66 B).

¿ GUERRA JUSTA ?

            Dentro de este clima mental, la Cristiandad llegó a considerar la violencia y las guerras como un mal inevitable, inciciándose el camino hacia su reglamentación , comenzando a elaborarse a partir del siglo IV la teoría de la guerra justa que encontraría su formulación clásica en la Suma Teológica de santo Tomás de Aquino; resumiendo su doctrina cuatro son las condiciones para declarar la legitimidad de una guerra:

            1.- Existencia de una injusticia evidente y extremadamente grave que da lugar a una situación de legítima defensa.

            2.-Fracaso de todas las soluciones pacíficas concretamente posibles.

            3.-Que las calamidades y males producidas por la guerra no sean tan grandes o mayores que la injusticia que se quiere evitar.

            4.-Declaración de la guerra por parte del Soberano, pues no incumbe a la persona particular declarar la guerra, porque puede hacer valer su derecho ante un tribunal superior.

            La doctrina de la guerra justa produjo, de hecho, gran cantidad de guerras injustas, el efecto histórico más llamativo derivado, entre otros motivos, de esta filosofia sobre la guerra, fue la sacralización de la misma, pasándose a hacer y a ejercer la violencia en el nombre de Dios.

            Ya el tercer Concilio de Letrán en el año 1179 hizo un auténtico llamamiento a la guerra santa contra los cátaros, que se repetiría en los distintos tipos de cruzadas en el que el motivo religioso era el detonante de la guerra.

             Lutero presumiría quinientos años más tarde y ya en la época de Cervantes de haber superado a todos los que le habían precedido en este tema, así escribió: «Casi me siento tentado a vanagloriarme de que, desde el tiempo de los apóstoles, la espada y la autoridad temporales por nadie hayan sido mejor y descritas ytan egregiamente enaltecidas como por mí; cosa que también mis enemigos han de confesar… la mano que lleva semejante espada y mata no es ya la mano humana, sino la divina; y no es el hombre, sino Dios, el que ahorca, enrueda, decapita, mata y guerrea. Todo es su obra y su juicio» (cf.¿Es posible ser soldado y cristiano? Obras de Martin Lutero. T.2 Paidós. Buenos Aires, 1974. pp. 171-172).

LOS HORRORES DE LA GUERRA.

            En nuestro tiempo podríamos afirmar que en la Iglesia y en parte de la sociedad, se ha iniciado una recuperación del pacifismo cristiano, la causa principal de tal retorno, viene dado por lo sofisticado de las armas modernas, y su poder destructor, prácticamente sería imposible encontrar una guerra que produjera unos efectos menores que los males que con ella se quieren evitar.

             Parece como si Don Quijote hubiese entrevisto esta situación a la que ha sido avocada la humanidad en nuestro tiempo, cuando ha dicho: «Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artilleríaY así, considerando esto, estoy por decir que en el alma me pesa de haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es esta en que ahora vivimos».

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elcuradellugar.

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