Etiquetas

, ,

LA JUSTICIA Y LA MISERICORDIA EN EL QUIJOTE.

 Índice del Tema.

1.-Resumen.

2.-Introducción.

3.-La Justicia en el Quijote.

4.-La Misericordia en el Quijote.

 1.-RESUMEN.

El presente artículo, que se une a la celebración del cuarto centenario de la muerte de Cervantes, muestra que las numerosas referencias a las virtudes de la justicia y de la misericordia que aparecen en el Quijote se complementan, respondiendo a una concepción teológica de las mismas.

Palabras claves

Cervantes, Quijote, justicia, misericordia

Abstract

The present article, along with the 4th centenary of the Cervanted death, shows that the many references to the justice and piety virtues appeared in the Quijote complement themselves, answering their theologic conception.

Key words

Cervantes, Quijote, justice, mercy.

2.-INTRODUCCIÓN

En este año 2016, coinciden la conmemoración del 4º centenario de la muerte de Cervantes y el Año de la misericordia, promovido por el Papa Francisco. Precisamente esta última confluencia en el tiempo de estos dos acontecimientos es lo que me  ha llevado a publicar este breve ensayo sobre la Justicia y la Misericordia en el Quijote. Deseo que, más que mis reflexiones, sean los textos cervantinos quienes muestren por sí mismos la gran riqueza humanista cristiana que encierra la obra cumbre de la literatura universal y el libro más leído después de la Biblia, que no es otro que el Quijote.

La metodología que seguimos en cada uno de los dos grandes temas que abordamos -justicia y misericordia- es hacer una breve reseña de lo que se entiende por tales desde el punto de vista teológico con el fin de que sirva de referencia para la interpretación que de ellas hace  Cervantes en algunas citas de El Quijote. Por eso cada uno de estos dos grandes apartados se subdivide en otros dos: la reseña teológica y las citas de El Quijote que, generalmente, van acompañadas con notas a pie de página con carácter explicativo del significado, sobre todo si su uso no es frecuente en nuestros días.

Una cuestión previa a tener en cuenta a la hora de saber conjugar e interpretar estos dos conceptos es que  los personajes del Quijote tienen la convicción de que Dios es justo, y consideran que la justicia es el fundamento de las relaciones sociales. Así lo manifiestan en el Quijote las expresiones: Justicia de Dios y del mundo” (II, 45); Justicia de Dios y del Rey” (II, 56); “Justicia, Señor gobernador, y si no la hallo en la tierra la iré a buscar en el cielo” (II, 45).

Sin embargo, a diferencia de las relaciones humanas, en Dios la misericordia prevalece sobre la justicia. Así se recoge en uno de los consejos que le da don Quijote a su escudero antes de gobernar la ínsula de Barataria: “muéstratele piadoso y clemente, porque aunque los atributos de Dios todos son iguales, más resplandece y campea a nuestro ver el de la misericordia que el de la justicia” (II, 42).

3.- LA JUSTICIA EN EL QUIJOTE.

 I.1. El concepto teológico de justicia

Dice Santo Tomás de Aquino: “La Justicia es el hábito, según el cual alguien, con constante y perpetua voluntad da a cada uno lo derecho”.

La justicia es la virtud moral que consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido. La justicia para con Dios es llamada “la virtud de la religión”. Para con los hombres, la justicia dispone a respetar los derechos de cada uno y a establecer en las relaciones humanas la armonía que promueve la equidad respecto a las personas y al bien común.

El hombre justo, evocado con frecuencia en las Sagradas Escrituras, se distingue por la rectitud habitual de sus pensamientos y de su conducta con el prójimo. “Siendo juez no hagas injusticia, ni por favor del pobre, ni por respeto al grande: con justicia juzgarás a tu prójimo” (Levítico, 19, 15). “Amos, dad a vuestros esclavos lo que es justo y equitativo, teniendo presente que también vosotros tenéis un Amo en el cielo” (Epístola a los Colosenses, 4, 1).

El objeto de la justicia es el derecho.

Siguiendo al Catecismo: “Los contratos están sometidos a la justicia conmutativa, que regula los intercambios entre las personas y entre las instituciones, en el respeto exacto de sus derechos. La justicia conmutativa obliga estrictamente; exige la salvaguarda de los derechos de propiedad, el pago de las deudas y la prestación de obligaciones libremente contraídas. Sin justicia conmutativa no es posible ninguna otra forma de justicia”.

1.1.1 Justicia conmutativa y distributiva.

La justicia conmutativa se distingue de la justicia legal, porque esta se refiere a lo que el ciudadano debe equitativamente a la comunidad, y también se diferencia de la justicia distributiva, la cual que regula lo que la comunidad debe a los ciudadanos, en proporción a sus contribuciones y a sus necesidades.

I.2. Referencias a la virtud de la justicia en el Quijote

I.2.1. En diversos pasajes

* Don Quijote pronuncia un discurso sobre las armas y las letras:

“No hablo ahora de las letras divinas (que tienen por blanco llevar y encaminar las almas al cielo, que a un fin tan sin fin como este ningún otro se le puede igualar), hablo de las letras humanas, cuyo fin y paradero es entender y hacer que las buenas leyes se guarden, quiero decir, poner en su punto la justicia distributiva y dar a cada uno lo que es suyo (I, 37).

* Diálogo entre Lorenzo, hijo del Caballero del Verde Gabán don Diego de Miranda, y D. Quijote:

“–No sé qué ciencia es esa, y hasta ahora no ha llegado a mis oídos.

–Es una ciencia que encierra en sí todas o la mayoría de las ciencias del mundo, ya que el que la profesa tiene que ser jurisperito y saber las leyes de la justicia distributiva y conmutativa, para dar a cada uno lo que es suyo y lo que le conviene; tiene que ser teólogo, para saber dar razón de la ley cristiana que profesa, clara e inequívocamente dondequiera que se le pida (…) (II, 18).

* El bandolero Roque Guinart reparte el botín entre sus hombres:

“Se los mandó devolver de inmediato Roque Guinart. Y mandando a los suyos que se pusieran en fila, mandó traer allí delante todos los vestidos, joyas y dineros y todo aquello que habían robado desde el último reparto; lo tasó rápidamente, dejó a un lado, después de poner su equivalente en dinero, lo que era indivisible, y lo repartió entre toda su compañía, con tanta lealtad y prudencia, que no pasó un punto ni defraudó nada de la justicia distributiva. Hecho esto, con lo cual todos quedaron contentos, satisfechos y pagados, dijo Roque a don Quijote:

–Si no se guardase esta escrupulosidad con estos, no se podría vivir con ellos.

A lo que dijo Sancho:

Según lo que he visto aquí, la justicia es tan buena, que es necesario usar de ella aun entre los mismos ladrones (II, 60).

SANCHO EN LA SALA DEL JUICIO.

I.2.2. La ley del encaje

* Consejos de don Quijote a Sancho para el buen gobierno de la ínsula de Barataria:

“Nunca te guíes por la ley del encaje o del favoritismo, que suele ser muy apreciada por los ignorantes que presumen de agudos” (II, 42).

I.2.3. Frases o refranes relacionados con la justicia

1.-“Ni tomar cohecho, ni perder derecho

Este refrán se recoge en dos ocasiones en el Quijote, con pequeñas variantes:

* Consejo de don Quijote a Sancho para el gobierno de la ínsula de Barataria:

“Yo le aconsejaría que ni tome cohecho ni pierda derecho, y otras cosillas que me quedan en el estómago, que saldrán a su tiempo, para utilidad de Sancho y provecho de la ínsula que gobierne” (II, 32).

* Sancho, se dirige al Doctor Pedro Recio de Agüero, médico de la ínsula de Barataria, y natural de Tirteafuera (Ciudad Real), con estas palabras:

“–Mirad, señor doctor, de aquí en adelante no os molestéis en darme de comer cosas regaladas ni manjares exquisitos, porque será sacar de sus quicios a mi estómago, que está acostumbrado a cabra, vaca, tocino, cecina, nabos y cebollas, y si acaso le dan otros manjares de palacio, los recibe con melindre y algunas veces con asco. Lo que el maestresala puede hacer es traerme estas que llaman ollas podridas, que mientras más podridas son mejor huelen, y en ellas puede embaular y encerrar todo lo que él quiera, siendo de comer, que yo se lo agradeceré y se lo pagaré algún día; y no se burle nadie de mí, porque o somos o no somos: vivamos todos y comamos en paz y compañía, pues cuando Dios amanece, amanece para todos.

Yo gobernaré esta ínsula sin perdonar derecho ni llevar cohecho, y todo el mundo traiga el ojo alerta y mire por lo suyo, porque les hago saber que el diablo está en Cantillana, como suele decirse, y lo ve todo, y si me dan ocasión van a ver maravillas, y haceos miel, y os comerán las moscas” (II, 49).

  1. “Desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano”

* Afirma Sancho al abandonar  la ínsula de Barataria:

“Vuestras mercedes se queden con Dios y digan al duque mi señor que desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano; quiero decir que sin blanca entré en este gobierno y sin ella salgo, bien al revés de como suelen salir los gobernadores de otras ínsulas. Y apártense, déjenme ir, que me voy a poner unos emplastos, que creo que tengo molidas todas las costillas, merced a los enemigos que esta noche se han paseado sobre mí” (II, 53).

* Sancho se dirige con estas palabras a los duques, al dejar la ínsula de Barataria:

“–Yo, señores, porque lo quiso así vuestra grandeza, sin ningún merecimiento mío, fui a gobernar vuestra ínsula Barataria, en la que entré desnudo, y desnudo me hallo: ni pierdo ni gano. Si he gobernado bien o mal, testigos he tenido delante, que dirán lo que quieran” (II, 55).

* Sancho reflexiona acerca del gobierno de la ínsula:

Aun así, me contento con ver que mi Teresa se comportó como quien es enviando las bellotas a la duquesa, que de no enviárselas, habría quedado como una desagradecida, y yo pesaroso.

Lo que me consuela es que a esta dádiva no se le puede dar nombre de cohecho, porque ya tenía yo el gobierno cuando ella las envió, y está puesto en razón que los que reciben algún beneficio se muestren agradecidos, aun con cualquier nadería. En efecto, yo entré desnudo en el gobierno y salgo desnudo de él, y así podré decir con la conciencia tranquila, que no es poco: Desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano” (II, 57).

  1. La codicia rompe el saco”

* El ruido de los batanes atemoriza  a Sancho y le dice a don Quijote:

“Yo salí de mi tierra y dejé hijos y mujer por venir a servir a vuestra merced, creyendo valer más y no menos; pero como la codicia rompe el saco, a mí me ha rasgado mis esperanzas, pues cuando más vivas las tenía de alcanzar aquella negra y malhadada ínsula que tantas veces me ha prometido vuestra merced, veo que en pago y trueco de ella me quiere ahora dejar en un lugar tan apartado del trato humano” (I, 20).

* Diálogo entre Sancho Panza y el escudero del Caballero del Bosque, Tomé Cecial:

“–Sí que reniego, y de ese modo y por esa misma razón podía echarme vuestra merced a mí y a mis hijos y a mi mujer toda una putería encima, porque todo cuanto hacen y dicen son extremos dignos de semejantes alabanzas. Y para volverlos a ver ruego yo a Dios me saque de pecado mortal, que lo mismo será si me saca de este peligroso oficio de escudero, en el que he incurrido por segunda vez, cebado y engañado por una bolsa con cien ducados que hallé un día en el corazón de Sierra Morena, y el diablo me pone ante los ojos aquí, allí, acá no, allá sí, un talego lleno de doblones, que me parece que a cada paso lo toco con la mano y me abrazo a él y lo llevo a mi casa y lo presto y vivo de las rentas como un príncipe. Y el rato que pienso en esto se me hacen fáciles y llevaderos cuantos trabajos padezco con este mentecato de mi amo, de quien sé que tiene más de loco que de caballero.

–Por eso –respondió el del Bosque– dicen que la codicia rompe el saco; y si de locos se trata, no hay otro mayor en el mundo que mi amo, porque es de aquellos de quienes dicen: «Cuidados ajenos matan al asno»; pues para que otro caballero cobre el juicio que ha perdido, él se hace el loco y anda buscando lo que no sé si después de hallado no tendrá que lamentar” (II, 13).

* La duquesa lee la carta que Sancho ha enviado a su mujer y le reprocha su codicia:

“–En dos cosas anda un poco descaminado el buen gobernador: una, en decir o dar a entender que este gobierno se le ha dado por los azotes que se tiene que dar, sabiendo él, y no lo puede negar, que cuando el duque mi señor se lo prometió, no había azotes en el mundo ni en sueños; la otra es que se muestra en ella muy codicioso, y no querría que pensase que todo el monte es orégano, porque la codicia rompe el saco, y el gobernador codicioso hace la justicia desgobernada” (II, 36).

II.-LA MISERICORDIA EN EL QUIJOTE

II.1. El concepto teológico de misericordia

Recogemos dos de las acepciones de ‘misericordia’ que registra el Diccionario de la Real Academia:

‘Virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los sufrimientos y miserias ajenos’.

‘Atributo de Dios, en cuya virtud perdona los pecados y miserias de sus criaturas’.

La misericordia de Dios es la esencia de toda la historia de la Salvación. Dios es misericordioso, y ese divino atributo es como el motor que guía y hace la historia de cada hombre. Así, cuando los Apóstoles pretenden resumir la Revelación (cfr. Hb 1, 1-3; Ex 3, 3-12), aparece siempre la misericordia como la esencia de un “plan eterno” gratuito y generosamente preparado por Dios. Con razón puede el salmista asegurar que de la misericordia del Señor está llena la tierra (Sal 33, 5). Podemos decir que la misericordia es la actitud sistemática de Dios ante los errores de los hombres. Del mismo modo, el recurso a ella es el remedio universal del que estos disponen.

Con gran frecuencia se hace mención en la Sagrada Escritura de Dios todopoderoso, que ve la aflicción del pueblo, oye sus clamores, conoce sus angustias y baja a consolarlo (Ex3, 7 ss.); está siempre misericordiosamente presente.

A la admirable trascendencia de la misericordia divina puede aplicarse una gran variedad de adjetivos: Es eterna, es decir, sin límite de tiempo; es inmensa, sin límite de lugar ni de espacio; universal, sin límite de razas.

EL PADRE RECIBE AL HIJO PRÓDIGO.MURILLO.

El campo que abarca la misericordia de Dios es tan amplio como el de las necesidades del hombre. Toda necesidad física o moral parece conmover a Dios y obligarle a prestar su ayuda al hombre (cfr. Dt 30, 1-9; Is 49, 8).

Jesucristo es la encarnación de la misericordia de Dios. Vino a perdonar, a reconciliar, a salvar. Manso y humilde de corazón, brinda el alivio y el descanso a todos los atribulados (Mt 11, 28 ss). El Apóstol Santiago llama al Señor piadoso y compasivo (5, 11). En la Epístola a los Hebreos, Cristo es el Pontífice misericordioso (Hb 2, 17); y siempre es presentada la misericordia como el motivo de la acción salvadora de Dios (Tt 2, 11; 1P 1, 3…).

También es ayuda gratuita en toda clase de necesidad (Mc 5, 19; 1Co 7, 25), como la visita de la Virgen María a Isabel para acompañarla y ayudarla; o los servicios del buen samaritano (Lc 10, 37). La súplica constante a Jesús de los leprosos, ciegos, cojos, etc., es: “ten misericordia” (Mt 9, 27;15, 22; 17, 14; 20, 30; Mc 10, 47; Lc 17, 13).

El Evangelio según S. Lucas es, todo él, un himno entrañable a la misericordia divina. Basta recordar los cánticos “Magnificat” y “Benedictus“, la preocupación por los necesitados y los que sufren (Lc 4, 18; 7, 22), por los pecadores (Lc 5, 31; 7, 36-50; 19, 1-10; 22, 61; 23, 39-43). Particular relieve tienen las conmovedoras parábolas llamadas de la misericordia (Lc 15). Se ha dicho de él que es el “evangelio de la misericordia”.

Existe en ambos Testamentos una urgencia por parte de Dios para que el hombre tenga sentimientos de misericordia. El supremo argumento es que Dios es misericordioso. Es la ley de la santidad del Levítico, que en el Nuevo Testamento adquiere la forma especial: Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso (Lc 6, 36). La misma idea se inculca en el Padrenuestro, y es el eje del mandamiento del amor (Mt 22, 37ss; Jn 13, 15; 15, 12-17).

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia, nos dice el Señor (Mt 5, 7). Y aprendemos qué es la misericordia cuando nos fijamos en la actitud de Jesús frente al dolor o la necesidad. “Jesucristo resume y compendia toda esta historia de la misericordia divina” (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 7). Al pasar –nos cuenta San Juan– vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento (Jn 9, 1). “Jesús que pasa. Con frecuencia me he maravillado ante esta forma sencilla de relatar la clemencia divina. Jesús pasa y se da cuenta enseguida del dolor” (Ibídem, 67).

Jesucristo viene a salvar lo que estaba perdido, a cargar con nuestras miserias para aliviarnos de ellas, a compadecerse de los que sufren y de los necesitados. Él no pasa de largo; se detiene, consuela y salva. Cada página del Evangelio es una muestra de su misericordia con todos. “Jesús hace de la misma misericordia uno de los temas principales de su predicación (…). Baste recordar la parábola del hijo pródigo (Lc 15, 11-32) o la del buen Samaritano (Lc 10, 30-37), y también –como contraste– la parábola del siervo inicuo (Mt 18, 23-35). Son muchos los pasos de las enseñanzas de Cristo que ponen de manifiesto el amor-misericordia bajo un aspecto siempre nuevo. Basta tener ante los ojos al Buen Pastor en busca de la oveja extraviada (Mt 18, 12-14) o la mujer que barre la casa buscando la dracma perdida (Lc 15, 8-10)” (SAN JUAN PABLO II, Enc. Dives in misericordia, 30-XI-1980, n. 3).

Nosotros tendremos una actitud misericordiosa con los demás si meditamos la vida del Señor, si nos esforzamos en imitarle.

INJUSTICIA E INMISERICORDIA.

El campo de la misericordia es tan grande como la miseria humana que se trata de remediar; pues eso es la misericordia, “compasión de la miseria ajena, que nos mueve a remediarla, si es posible” (San Agustín, La ciudad de Dios, 9, 5). En el orden físico, intelectual y moral, el hombre puede estar lleno de calamidades y miserias.

Por eso, las obras de misericordia son innumerables –tantas como necesidades del hombre–, aunque tradicionalmente, a modo de ejemplo, se han señalado catorce obras de misericordia, en las que esta virtud se manifiesta de manera especial. Nuestra actitud compasiva y misericordiosa ha de ser en primer lugar con los que habitualmente tratamos, con quienes Dios ha puesto a nuestro lado y con aquellos que están más necesitados.

La misericordia nos llevará a preocuparnos de la salud, del descanso, del alimento de quienes Dios nos encomienda. Los enfermos merecen una atención especial: compañía, interés verdadero por su curación, facilitarles el que ofrezcan a Dios su enfermedad…

También debemos practicar, junto a las llamadas materiales, las “obras espirituales de misericordia”. En primer lugar, corregir al que yerra, con la advertencia oportuna, con caridad, sin que le ofenda; enseñar al que no sabe iluminando su inteligencia con la luz del Señor; aconsejar al que duda, con honradez y rectitud de intención; consolar al afligido, compartiendo su dolor; perdonar al que ofende, sabiendo disculparle con comprensión; socorrer al que necesita ayuda, excediéndonos en el servicio. Y, finalmente, rogar a Dios por los vivos y por los difuntos.

Los clásicos muestran en sus escritos una concepción teológica de la misericordia. Shakespeare, por ejemplo, lo expresa poéticamente en El mercader de Venecia:

La misericordia no es obligatoria, cae como la dulce lluvia del cielo sobre la tierra que está bajo ella. Es una doble bendición: bendice al que la concede y al que la recibe” .

Y Cervantes utiliza la misma imagen poética para hablar de la misericordia en La Gitanilla:

“Doña Guiomar, que todo esto sabía, dijo a su marido que eran demasiados los sustos que a don Juan daba; que los moderase, porque podría ser perdiese la vida con ellos. Parecióle buen consejo al corregidor, y así entró a llamar al que le confesaba, y díjole que primero habían de desposar al gitano con Preciosa, la gitana, y que después se confesaría, y que se encomendase a Dios de todo corazón, que muchas veces suele llover sus misericordias en el tiempo que están más secas las esperanzas.

II.2. Referencias a la misericordia en El Quijote

*  Don Quijote se encuentra con varios disciplinantes que llevan una imagen de la Virgen, haciendo rogativas para que llueva:

“Era el caso que aquel año las nubes habían negado su rocío a la tierra, y por todos los pueblos de aquella comarca se hacían procesiones, rogativas y disciplinas, pidiendo a Dios abriese las manos de su misericordia y les lloviese; y para este efecto la gente de una aldea que estaba allí al lado venía en procesión a una devota ermita que había en un recuesto de aquel valle.

Don Quijote, que vio los extraños trajes de los disciplinantes, sin pasarle por la memoria las muchas veces que los debía de haber visto, se imaginó que era cosa de aventura y que el acometerla le tocaba a él solo, como a caballero andante. Y le confirmó más esta imaginación el pensar que una imagen que traían cubierta de luto fuese alguna principal señora que llevaban por fuerza aquellos follones y descomedidos malandrines; y en cuanto esto le cayó en las mientes, se fue con gran ligereza a Rocinante, que andaba paciendo, quitándole del arzón el freno y el escudo, y en un momento lo enfrenó, y pidiendo a Sancho su espada, subió sobre Rocinante y embrazó su escudo y dijo en voz alta a todos los que estaban presentes:

–¡Ahora, valerosa compañía, veréis cuánto importa que haya en el mundo caballeros que profesen la orden de la caballería andante! ¡Ahora digo que veréis, en la libertad de aquella buena señora que allí va cautiva, si se han de estimar los caballeros andantes!

Y diciendo esto apretó los muslos a Rocinante, porque espuelas no tenía, y sólo a galope corto (porque un galope tendido no se lee en toda esta verdadera historia que Rocinante lo hubiese dado jamás) se fue a encontrar con los disciplinantes, a pesar de que el cura y el canónigo y barbero fueron a detenerlo; pero no les fue posible, ni menos lo detuvieron las voces que Sancho le daba diciendo:

–¡A dónde va, señor don Quijote! ¿Qué demonios lleva en el pecho que le incitan a ir contra nuestra fe católica? Advierta, mal haya yo, que aquella es procesión de disciplinantes, y que aquella señora que llevan sobre la peana es la imagen benditísima de la Virgen sin mancilla. ¡Mire, señor, lo que hace, que por esta vez se puede decir que no es lo que parece! (I, 52)

 *  Diálogo entre el Caballero del Verde Gabán y don Quijote:

“–Yo, señor Caballero de la Triste Figura, soy un hidalgo natural de un pueblo adonde iremos a comer hoy, si Dios lo tiene a bien. Soy más que medianamente rico y mi nombre es don Diego de Miranda; paso la vida con mi mujer y con mis hijos y con mis amigos; mis ocupaciones son las de la caza y pesca, pero no mantengo ni halcón ni galgos, sino algún perdigón manso o algún hurón atrevido.

Tengo unas seis docenas de libros, unos en castellano y otros en latín, de historia algunos y de devoción otros; los de caballerías aún no han entrado por los umbrales de mis puertas. Hojeo más los que son profanos que los devotos, siempre que sean de honesto entretenimiento, que deleiten con el lenguaje y admiren y suspendan con la invención, aunque de estos hay muy pocos en España.

Alguna vez como con mis vecinos y amigos, y muchas veces los convido; son mis convites limpios y aseados y nada escasos; ni gusto de murmurar ni consiento que delante de mí se murmure; no escudriño las vidas ajenas ni acecho el comportamiento de los otros; oigo misa cada día, reparto de mis bienes a los pobres, sin hacer alarde de las buenas obras, por no dar entrada en mi corazón a la hipocresía y vanagloria, enemigos que calladamente se apoderan del corazón más recatado; procuro que hagan las paces los que sé que están desavenidos; soy devoto de Nuestra Señora y confío siempre en la misericordia infinita de Dios Nuestro Señor (II, 16).

 *  Don Quijote, después de seis horas de sueño, recupera el juicio y dice:

“–¡Bendito sea Dios todopoderoso, que tanto bien me ha hecho! En verdad, sus misericordias no tienen límite, y los pecados de los hombres ni las abrevian ni las estorban.

Estuvo atenta la sobrina a las palabras del tío y le parecieron más concertadas que las que él solía decir, al menos durante aquella enfermedad, y le preguntó:

–¿Qué es lo que dice vuestra merced, señor? ¿Tenemos algo de nuevo? ¿Qué misericordias son estas, o qué pecados de los hombres?

–Las misericordias, sobrina, son las que ha usado Dios conmigo en este instante, y, como dije, mis pecados no las estorban. Yo tengo juicio ya libre y claro, sin las tenebrosas sombras de la ignorancia que sobre él me puso mi amarga y continua lectura de los detestables libros de caballerías” (II, 74).

II.3. Relación entre Justicia y misericordia.

*  Consejo de don Quijote a Sancho para gobernar bien la ínsula de Barataria:

“Si acaso doblas la vara de la justicia, no sea con el peso del soborno, sino con el de la misericordia (…) y en todo cuanto esté de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstratele piadoso y clemente, porque aunque los atributos de Dios son todos iguales, más resplandece y campea a nuestro modo de ver el de la misericordia que el de la justicia” (II, 42).

II.4. El labrador Pedro Alonso y la parábola del buen samaritano

Pedro Alonso, es un labrador, vecino de don Quijote, a quien recoge después de que le apalease un mozo de mulas (I, 4) y lo lleva a su aldea, concluyendo así la primera salida del hidalgo (I, 5).

En este episodio se puede descubrir una cierta analogía con la parábola del buen samaritano (Lucas 10, 33-36):

El buen samaritano se conmueve, se acerca al viandante malherido, le hace una primera cura de las heridas, lo monta en su propia cabalgadura y lo lleva a la posada para que se restablezca:

(Lucas 10, 33-35): Pero un samaritano que iba de viaje llegó dónde estaba él y, al verlo, se compadeció, y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó.  Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva”.

De igual manera, Pedro Alonso, el labrador, recoge a don Quijote, lo reconoce como vecino de su misma aldea, lo pone en su propio jumento y lo lleva al pueblo. Para evitar habladurías, espera al anochecer para llevarlo a su casa (I, 5):

DON QUIJOTE APALEADO.

“Y quiso la suerte que cuando llegó a este verso, acertó a pasar por allí un labrador de su mismo pueblo y vecino suyo, que venía de llevar una carga de trigo al molino; viendo a aquel hombre allí tendido, se llegó a él y le preguntó quién era y qué mal sentía, que tan tristemente se quejaba. Don Quijote creyó sin duda que aquel era el marqués de Mantua, su tío, y así, no le respondió nada y prosiguió con su romance, donde le daba cuenta de su desgracia y de los amores del hijo del Emperador con su esposa, todo tal y como lo canta el romance.

El labrador estaba admirado oyendo aquellos disparates; y quitándole la visera, que ya estaba hecha pedazos, de los palos, le limpió el rostro, que lo tenía cubierto de polvo; y apenas lo hubo limpiado, cuando lo reconoció y le dijo:

–Señor Quijana –que así se debía de llamar cuando tenía juicio y no había pasado de hidalgo sosegado a caballero andante–, ¿quién le ha puesto de esta suerte a vuestra merced?

(…) Con estas pláticas y otras semejantes llegaron al pueblo, a la hora que anochecía, pero el labrador aguardó a que fuese algo más de noche, para que no viesen al molido hidalgo en tan mala caballería. Llegada, pues, la hora que le pareció, entró en el pueblo, y en la casa de don Quijote”.

II.5. La misericordia divina y el Sacramento de la Reconciliación

* Don Quijote está en lo más profundo de Sierra Morena, y, rememorando a Amadís de Gaula, echa de menos un confesor que le consuele:

“En esto se le ocurrió cómo lo haría, y fue que rasgó una gran tira de las faldas de la camisa, que andaban colgando, y le hizo once nudos, el del padrenuesto más gordo que los demás, y esto le sirvió de rosario el tiempo que allí estuvo, en el que rezó un millón de avemarías. Y lo que le fatigaba mucho era no hallar por allí otro ermitaño que le confesase y con quien consolarse (I, 26).

* Sancho sufre una desilusión cuando don Quijote le dice que no puede casarse con la reina Micomicona, dado su amor y fidelidad a Dulcinea. Enfadado el hidalgo con su escudero por lo que afirma acerca de Dulcinea, le da dos palos con el lanzón que le tiran por tierra. Diálogo entre los dos:

“–Pregunte vuestra merced lo que quiera – respondió Sancho–, que a todo daré tan buena salida como tuve la entrada. Pero suplico a vuestra merced, señor mío, que no sea de aquí en adelante tan vengativo.

–¿Por qué lo dices, Sancho?

–Lo digo porque estos palos de ahora fueron más por la pendencia que trabó el diablo entre los dos la otra noche que por lo que dije contra mi señora Dulcinea, a quien amo y reverencio como a una reliquia, aunque con ella no tenga por qué, sólo por ser cosa de vuestra merced.

–No tornes a esas pláticas, Sancho, por tu vida, que me dan pesadumbre. Ya te perdoné entonces, y bien sabes tú lo que suele decirse: a pecado nuevo, penitencia nueva” (I, 30).

* Diálogo entre don Quijote y el cura:

“–Cuando no lo fuera –dijo el cura–, yo le abono y salgo por él , que en este caso no hablará más que un mudo, so pena de pagar lo juzgado y sentenciado.

–Y a vuestra merced, ¿quién le fía, señor cura? –dijo don Quijote.

–Mi profesión –respondió el cura–, que es de guardar secreto” (II, 1).

QUITERIA A PUNTO DE CASARSE CON CAMACHO.

* Basilio finge que se ha atravesado con un estoque y está a punto de morir.

El cura de la boda de Camacho le dice que mire a la salud de su alma y que pida perdón de sus pecados. Responde Basilio que no se va a confesar, si antes Quiteria no le da la mano como esposa. En realidad, Basilio, gracias a su astucia, disimuló que se suicidaba para conseguir casarse con Quiteria:

“–Si quisieses, cruel Quiteria, darme en este último y forzoso trance la mano de esposa, aún pensaría que mi temeridad tendría disculpa, pues en ella alcancé el bien de ser tuyo.

Al oír esto el cura, le dijo que atendiese a la salud del alma antes que a los gustos del cuerpo, y que pidiese muy de veras a Dios perdón de sus pecados y de su desesperada determinación. A lo cual replicó Basilio que de ninguna manera se confesaría si primero Quiteria no le daba su mano como esposa, que aquel contento le pondría a punto la voluntad y le daría aliento para confesarse (II, 21).

* Don Quijote manifiesta su indignación por el inoportuno rebuzno de su escudero;

Sancho comienza a quejarse de su amo diciéndole que sólo ha recibido sinsabores en su oficio, y que sería mejor volver a su casa. El disgusto manifestado por el hidalgo al oír las palabras de su escudero, provoca que Sancho le pida perdón. Diálogo entre el amo y el escudero:

“Miraba Sancho a don Quijote fijamente mientras le decía estos vituperios, y se compungió de tal manera, que le vinieron las lágrimas a los ojos, y con voz dolorida y temblorosa le dijo:

–Señor mío, confieso que para ser del todo asno no me falta más que la cola. Si vuestra merced quiere ponérmela, la daré por bien puesta, y le serviré como jumento todos los días que me quedan de mi vida. Vuestra merced me perdone y se compadezca de mi ingenuidad, y advierta que sé poco, y que si hablo mucho, más procede de flaqueza que de malicia. Mas quien yerra y se enmienda, a Dios se encomienda(II, 28).

* Don Quijote le da a Sancho consejos para el buen gobierno de la ínsula de Barataria. El escudero, incapaz de recordarlos, pide al amo que se los ponga por escrito, y, así, se los pueda leer su confesor:

“–Por ahora, esto se me ha ofrecido, Sancho, que aconsejarte: andará el tiempo, y según las ocasiones, así serán mis instrucciones, si tienes a bien darme noticia del estado en que te halles».

–Señor, bien veo que todo cuanto vuestra merced me ha dicho son cosas buenas, santas y provechosas, pero ¿de qué han de servir, si de ninguna me acuerdo? Aunque es verdad que aquello de no dejarme crecer las uñas y de casarme otra vez, si se tercia, no se me irá del magín; pero de esos otros badulaques y enredos y revoltillos, no me acuerdo ni me acordaré más de ellos que de las nubes de antaño, y así, será menester que se me den por escrito, que aunque no sé leer ni escribir, yo se los daré a mi confesor para que me los encaje y recuerde cuando sea menester” (II, 43).

* Don Quijote y Sancho vuelven a la aldea con el fin  de cumplir la promesa de estar un año sin salir de ella; en este tiempo el hidalgo quiere dedicarse a la vida pastoril, y así lo dice al bachiller Sansón Carrasco y al cura. La sobrina y el ama oyeron la conversación de los tres, y ambas intentan disuadirle de esta nueva locura:

“Quiso la suerte que su sobrina y el ama oyeran la plática de los tres; y en cuanto se fueron, se entraron las dos con don Quijote, y la sobrina le dijo:

–¿Qué es esto, señor tío? Ahora que pensábamos nosotras que vuestra merced volvía a quedarse en su casa y pasar en ella una vida quieta y honrada, ¿se quiere meter en nuevos laberintos, haciéndose «pastorcillo, tú que vienes, pastorcico, tú que vas»? Pues en verdad que está ya duro el alcacel para zampoñas.

–¿Y podrá vuestra merced –añadió el ama– pasar en el campo las siestas del verano, los serenos del invierno, el aullido de los lobos? Desde luego que no, que ese es ejercicio y oficio de hombres robustos, curtidos y criados para esa labor casi desde los pañales y mantillas. Y, de lo malo, mejor aún es ser caballero andante que pastor. Mire, señor, tome mi consejo, que no se lo doy por estar harta de pan y vino, sino en ayunas, y con cincuenta años que tengo: estese en su casa, atienda a su hacienda, confiésese a menudo, favorezca a los pobres, y si le va mal, que eso recaiga sobre mi alma” (II, 73).

* Don Quijote recobra la lucidez después de dormir seis horas, y ya tiene el juicio claro. Se da cuenta que se va a morir y pide confesarse y hacer el testamento:

“Llámame, amiga, a mis buenos amigos, al cura, al bachiller Sansón Carrasco y a maese Nicolás el barbero, que quiero confesarme y hacer mi testamento.

Pero la entrada de los tres excusó a la sobrina de este trabajo. Apenas los vio don Quijote, dijo:

–Felicitadme, buenos señores, de que yo ya no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres dieron fama de bueno. Ya soy enemigo de Amadís de Gaula y de toda la infinita caterva de su linaje; ya me son odiosas todas las historias profanas de la caballería andante; ya conozco mi necedad y el peligro en que me puso el haberlas leído; ya, por misericordia de Dios escarmentado en cabeza propia, las abomino.

Al oírle decir esto los tres, creyeron sin duda que le había dado alguna nueva locura, y Sansón le dijo:

–Ahora, señor don Quijote, que acabamos de saber que la señora Dulcinea está desencantada, ¿sale vuestra merced con eso? Y ahora que estamos tan a punto de ser pastores, para pasar cantando la vida, como unos príncipes, ¿quiere vuesa merced hacerse ermitaño? Calle, por su vida, vuelva en sí y déjese de cuentos.

–Los que hasta ahora han sido causantes de mi daño –replicó don Quijote–, los ha de volver mi muerte, con ayuda del cielo, en mi provecho. Yo, señores, siento que me voy muriendo a toda prisa: déjense burlas aparte y tráiganme un confesor que me confiese y un escribano que haga mi testamento, que en trances como este no ha de gastar bromas el hombre con su alma; y así, suplico que mientras el señor cura me confiesa, vayan por el escribano.

Se miraron unos a otros, admirados de las palabras de don Quijote, y, aunque dudando, le quisieron creer. Y una de las señales por donde conjeturaron que se moría, fue el haber vuelto con tanta facilidad de loco a cuerdo, porque a las ya dichas razones añadió otras muchas tan bien dichas, tan cristianas y con tanto acierto, que les vinieron a quitar del todo la duda, y a convencer de que estaba cuerdo.

Hizo salir el cura a la gente, y se quedó solo con él y lo confesó.

El bachiller fue por el escribano, y de allí a poco volvió con él y con Sancho Panza. Ya sabía este por las noticias del bachiller en qué estado estaba su señor, y al hallar al ama y a la sobrina llorosas, comenzó a hacer pucheros y a derramar lágrimas. Acabó la confesión, y salió el cura diciendo:

–Verdaderamente se muere y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el Bueno; ya podemos entrar para que haga su testamento” (II, 74).

Resultado de imagen de don quijote desfacedor de agravios

II.6. Don Quijote, deshacedor de agravios.

* Como caballero andante, a don Quijote le corresponde deshacer los agravios;  el caballero andante es el deshacedor de agravios:

“En fin, rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento en que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció conveniente y necesario, tanto para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante e irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello en lo que él había leído que se ejercitaban los caballeros andantes, deshaciendo todo género de agravios y poniéndose en lances y peligros con los que, si los llevaba a cabo, cobraría eterno nombre y fama. (…)” (I, 1).

“Hechas, pues, estas prevenciones, no quiso aguardar más tiempo para poner en práctica su pensamiento, acuciándole la falta que pensaba que cometía en el mundo su tardanza, según eran los agravios que pensaba deshacer, entuertos que enderezar, sinrazones que enmendar, abusos que corregir y deudas que satisfacer”(I, 2).

“(…) Y si queréis saber quién os manda esto, para quedar más formalmente obligado a cumplirlo, sabed que yo soy el valeroso don Quijote de la Mancha, el desfacedor de agravios y sinrazones, y quedad con Dios, y no se os aparte de las mientes lo prometido y jurado, so pena de la pena pronunciada” (I, 4).

   “(…) Esta imaginación me traía confuso y deseoso de saber real y verdaderamente toda la vida y milagros de nuestro famoso español don Quijote de la Mancha, luz y espejo de la caballería manchega, y el primero que en nuestra edad y en estos tan calamitosos tiempos se puso al trabajo y ejercicio de las andantes armas, y al de desfacer agravios, socorrer viudas, amparar doncellas, de aquellas que andaban con sus fustas y palafrenes y con toda su virginidad a cuestas, de monte en monte y de valle en valle (…)” (I, 9).

II.7. La misericordia y el perdón de los agravios.

* Diálogos entre don Quijote y Sancho:

“–De mí sé decir –dijo el molido caballero don Quijote– que no sé cuándo será. Pero yo me tengo la culpa de todo, que no tenía que haber echado mano a la espada contra hombres que no hubieran sido armados caballeros como yo. Y así, creo que como pena por haber quebrantado las leyes de la caballería ha permitido el dios de las batallas que se me diese este castigo. Por lo cual, Sancho Panza, conviene que estés advertido en esto que voy a decirte ahora, porque importa mucho a la salud de ambos: y es que cuando veas que semejante canalla nos hace algún agravio, no aguardes a que yo eche mano a la espada contra ellos, porque no lo haré de ninguna manera, sino que pon tú mano a tu espada y castígalos muy a tu gusto; y si en su ayuda y defensa acuden caballeros, yo te sabré defender y atacarlos con todo mi poder, que ya habrás visto por mil señales y experiencias hasta dónde se extiende el valor de este mi fuerte brazo”.

Así quedó de arrogante el pobre señor con el vencimiento del valiente vizcaíno. Pero no le pareció tan bien a Sancho Panza el aviso de su amo, como para dejar de responderle:

–Señor, yo soy hombre pacífico, manso, sosegado, y sé pasar por alto cualquier injuria, porque tengo mujer e hijos que sustentar y criar. Así que sírvale a vuestra merced también de aviso, pues no puede ser mandato, que de ninguna manera echaré mano a la espada, ni contra villano ni contra caballero, y que desde hoy y ante Dios perdono cuantos agravios me han hecho y han de hacer, da igual que me los haya hecho o haga o haya de hacer persona alta o baja, rico o pobre, hidalgo o tributario, sin exceptuar estado ni condición alguna” (I, 15).

       “–Eso será –dijo Sancho– si no se tira con honda, como se tiraron en la pelea de los dos ejércitos, cuando le santiguaron a vuestra merced las muelas y le rompieron la alcuza donde venía aquel benditísimo brebaje que me hizo vomitar las asaduras.

–No me da mucha pena el haberlo perdido, que ya sabes tú, Sancho, que yo tengo la receta en la memoria.

–También la tengo yo –dijo Sancho–; pero aunque llegara a hacerlo, no volveré a probarlo más en mi vida, así me muera. Cuanto más, que no pienso ponerme en ocasión de necesitarlo, porque pienso guardarme con todos mis cinco sentidos de ser herido ni de herir a nadie. De lo del ser otra vez manteado no digo nada, que semejantes desgracias mal se pueden prevenir, y si vienen, no hay que hacer otra cosa que encoger los hombros, contener el aliento, cerrar los ojos y dejarse ir por donde la suerte y la manta nos lleve.

–Mal cristiano eres, Sancho, porque nunca olvidas la injuria que te han hecho una vez. Pues sábete que es de pechos nobles y generosos no hacer caso de niñerías. ¿Qué pie sacaste cojo, qué costilla quebrada, qué cabeza rota, para que no se te olvide aquella burla? (I, 21).

 “–Ahora sí has dado, Sancho, en el punto que puede y debe mudarme de mi ya determinado propósito. Yo no puedo ni debo sacar la espada, como otras muchas veces te he dicho, contra quien no sea caballero armado. A ti te toca, Sancho, si quieres tomar venganza del agravio que se le ha hecho a tu rucio, que yo desde aquí te ayudaré con voces y advertencias saludables.

–No hay por qué tomar venganza de nadie, señor, pues no es de buenos cristianos tomarla de los agravios; además, yo convenceré a mi asno para que ponga su ofensa en manos de mi voluntad, que es vivir pacíficamente los días que los cielos me den de vida.

–Pues esa es tu determinación –replicó don Quijote–, Sancho bueno, Sancho discreto, Sancho cristiano y Sancho sincero, dejemos a esos fantasmas y volvamos a buscar mejores y más cualificadas aventuras, que yo veo esta tierra con trazas de que no han de faltar en ella muchas y muy milagrosas” (II, 11).

 BIBLIOGRAFÍA.

 BENEDICTO XVI, Encíclica Caritas in veritate, Editorial Palabra, Madrid, 2009.Catecismo de la Iglesia Católica. Asociación de Editores del Catecismo, Bilbao, 1999.Catecismo Romano para párrocos o Catecismo de Trento, “Parte Segunda, Capítulo VIII: del Sacramento del Matrimonio”. Madrid, Editorial Magisterio Español, 1972.CERVANTES, Miguel, Don Quijote de la Mancha. Puesto en castellano actual íntegra y fielmente por Andrés Trapiello. Editorial Destino, Barcelona, 2015 CERVANTES, Miguel, Novelas ejemplares: La gitanilla. Rinconete y Cortadillo. La ilustre fregona. Edición crítica de Francisco Rodríguez Marín. Vol. I. Madrid, Espasa-Calpe, 1962, p.125.Concilio Vaticano II,  Constitución Gaudium et Spes. 19ª edición. Madrid, Editorial BAC, 1972.FRANCISCO, PAPA, Bula Misericordiae Vultus, Editorial San Pablo, Madrid, 2015.JUAN PABLO II, Encíclica Dives in misericordia, Editorial Palabra, Madrid, 1998.MUÑOZ IGLESIAS, Salvador: Lo Religioso en el Quijote. Toledo, Estudio Teológico de San Ildefonso, 1989.SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Amigos de Dios, Ediciones Rialp, Madrid, 2001.SHAKESPEARE,  William, El mercader de Venecia, Alianza Editorial, Madrid, 2100.TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologica, Madrid, Editorial BAC, 1951.VIDAL, César, Enciclopedia del Quijote. Barcelona, Editorial Planeta, 1999.

QUIZÁS TAMBIÉN LE INTERESE DEL BLOG:LA AMISTAD EN EL QUIJOTE.

Texto :Francisco Javier Sanzol Diez.

 Imágenes: elcuradellugar.

 

Anuncios